martes, 25 de febrero de 2014

El romance de Apolo



EL ROMANCE DE APOLO

En mi búsqueda por encontrar nuevas gentes y plasmarlas en mi mente, me adentré en un lugar al que llamaban jardín azul, cercano al hogar de los dioses, el monte Olimpo. El jardín azul era una pradera con tonos azulados que adornaba la ladera que subía a la morada de los inmortales. Escondiéndome entre los arbustos para que ningún dios que merodeara por allí me viera, me digné a buscar nuevas aventuras para contarlas después a las gentes del pueblo y así quedar satisfecho de mi trabajo continuo.
Paseaban por allí dos jóvenes desnudos cuya única prenda de vestir era el color verde azulado que impregnaba la tierra. Uno era muy alto y robusto, pero mantenía el rostro de un ángel. Sus ojos eran azules y a veces brillaban a la luz de Sol. Su cabello dorado le daba la apariencia de Eros, aunque él era demasiado robusto como para ser el dios del amor. Muy pronto me di cuenta de que estaba describiendo cautelosamente al mismísimo dios Apolo, todopoderoso de la belleza, la luz y las artes. Sus relucientes dedos entonaban una alegre melodía musical al tocar la lira, instrumento que dejaba embelesado al acompañante del dios. Éste era muy moreno y tenía el cabello liso y largo. Sus ojos verdes se fusionaban con los de Apolo al cruzarse las miradas, recreando el color azulado del prado. Era menos alto que el dios y más delgado. Juraría que hubiese creído que era una mujer si no fuera por ciertos encantos que mantenía sin tapar tan libremente. Llevaba un disco entre los dedos, aferrado a su pecho. Apolo se dirigía a él como Jacinto.
Y ahora que me doy cuenta, oí algo por tierras macedonias de un héroe llamado Jacinto, hijo de la musa Clío, la musa de la historia, y del rey de Esparta, Ébalo. Eran muchos los rumores que circulaban alrededor del joven, como su supuesto atracción por los chicos. Rumores que iban y venían por toda Grecia. Me di cuenta de que los jóvenes no tenían ningún pudor en andar libremente por el prado, sin miedo a encontrarse a alguien o a lo que pudieran decir los demás. Parecía que Jacinto estaba embobado con el dios Apolo. Se comportaba como si el dios fuera su hermano mayor, aunque claramente, los dos sentían algo más que amistad o hermandad por la forma en la que se trataban.
- ¡Ven, vamos a jugar al disco!- exclamaba Apolo, cogiendo el disco que Jacinto llevaba entre las manos. Éste se sobresaltó y se sonrojó al ver correr a su amado.
Muchísimas historias de amor he presenciado hasta ahora, pero ninguna tan dulce y tan bella como la de estos dos jóvenes. La verdad es que presenciar una escena así supera incluso a los relatos que yo mismo escribí en mi Odisea o en mi Ilíada. La diosa Afrodita se inclinaría ante estos dos jóvenes si tuviera la oportunidad de observarlos en toda su inocencia y pureza natural como yo lo estuve haciendo. Jacinto se posicionó unos metros más separado de Apolo y éste levantó la mano para advertirle al joven que el disco empezaría a volar en breve. Y así, los dos jóvenes, entre diversión y puro amor, pasaron media mañana tirándose el disco el uno al otro, siendo víctimas del placer de la naturaleza y de la comodidad tanto por parte del dios de la luz como por el héroe divino.
Tras casi todo el día observándolos, acepté la posibilidad de que no se cansaran jamás de jugar al disco. Pero es que eran tan dulces, tan tiernos, tan delicados cuando estaban juntos y se miraban con brillo en los ojos, que no quise irme hasta que ellos se fueran primero. Entonces me di cuenta de que empezaba a anochecer y yo ya no estaba solo entre aquellos arbustos del jardín azul. Alguien más espiaba en secreto a Apolo y Jacinto, escondido entre las hierbas para que ellos no lo vieran. Me acerqué un poco más a los jóvenes para comprobar qué intruso se atrevería a molestarlos con sus malas intenciones o simplemente, con su mirada oculta y discreta. Sentado más adelante y reflejado por La Luna, Céfiro contemplaba a los jóvenes con una eterna discreción. Mantenía un extraño semblante. Parecía triste. Quise hablar con él y romper parte del silencio, pero no me atreví a que mis palabras rompieran el velo de la prudencia.
- No puedo soportarlo…- susurraba Céfiro. Sus palabras se perdían en las risas de gozo de Apolo y Jacinto, que veían como anochecía mientras seguían jugando al disco.
Parecía que Céfiro se había dado cuenta de mi presencia, pero no quise desafiar al tiempo y quise pensar que tan solo estaba hablando consigo mismo en voz alta. Céfiro se mantenía callado la mayor parte del tiempo. A veces soltaba unas frases que no venían a cuento con la escena y otras reflejaba los celos que sentía por Apolo en pequeños ataques de furia, sin romper el silencio. El joven estaba enamorado de Jacinto y no sabía cómo decírselo.
- Duele ver con tus propios ojos como el amor de tu vida disfruta de su felicidad en brazos de otro que no eres tú.
Quise seguir la conversación de Céfiro como si yo fuera su conciencia. Parecía que el joven se dejaba llevar y no me preguntó de dónde había salido o que estaba haciendo allí con él. Solo necesitaba hablar. Al mismo tiempo que me dirigía fugaces miradas, agarraba con fuerza una flecha que tenía en la mano y su arco.
- Sí, supongo que debe doler. Nunca estuve tan enamorado como para afirmártelo.
- En estos momentos me pregunto si alguna vez me recordará. Si recordará aquellos momentos tan felices que pasamos los dos, aunque no mostráramos amor en ellos.
- Los recuerdos que aparecen una vez en tu mente se quedan para siempre.- contesté, intentando animar al pobre muchacho, que cada vez apretaba más el arco.
Hizo un amago de levantar el arma, pero prefirió ser prudente. Mientras tanto, Apolo seguía jugando con Jacinto, y esta vez tocaba la lira mientras su joven amado recogía el disco a la luz de la Luna. Céfiro acumulaba más y más rabia cada vez que le lanzaba una mirada de odio irremediable a Apolo, que seguía disfrutando con su amante.
- Jacinto me rechazó. Prefirió quedarse con un dios. Supongo que Apolo se fijó en él y lo sedujo con su belleza y con esa odiosa lira que siempre lleva consigo. Su luz le deslumbró y se enamoró perdidamente de él, dejándome a mí al margen y tirando todos nuestros recuerdos al averno. Puse todas mis esperanzas en él, todas mis fuerzas. Nunca me cansé de luchar por lo que más quería. Cuando amas a alguien no te importan las barreras ni los obstáculos que se pongan en medio. Siempre tienes la suficiente voluntad para pasar por encima de ellos. Me llevé una gran decepción, es obvio. No tuve lo que siempre quise, mis fuerzas me abandonaron. Supuse que no valía la pena seguir luchando ya que nunca podré competir con un dios. Y ahora me conformo con verlos, ya sea juntos o a Jacinto por separado. Quiero asegurarme de que está bien, de que ese dios no le hace nada malo. Jacinto es un joven inocente y delicado. Quiero protegerlo.
Me quedé mirando a Céfiro un buen rato, comprendiendo cada palabra que decía por la boca. Era evidente que el joven amaba a Jacinto con todas sus fuerzas pero no podía hacer nada, ya que Apolo había ganado la batalla y había conquistado al inocente chico.
Me di cuenta de que, a veces, el amor puede no ser correspondido de la manera más humillante posible. Y que los recuerdos que uno vive con una persona al fin y al cabo se esfuman si no son recordados. Observé a Céfiro en silencio, compadeciéndome de él al mismo tiempo que derramaba lágrimas de rabia y perdición, seguramente preguntándose a sí mismo el por qué de su condena. De repente, se levantó de un salto y se secó las lágrimas con la manga de su túnica. Miró a Apolo con rivalidad y empuñó su arco más fuerte que nunca. El dios estaba a punto de lanzar el disco a Jacinto. Quería impresionar a su amante con sus mejores habilidades para el deporte. Jacinto, desde el otro lado, contemplaba a Apolo con fascinación, maravillado por la luz y la virilidad que desprendía. Céfiro miró a Jacinto y le susurró un ‘Te quiero’ que se pudo comparar con los acordes del silencio. Puso la flecha en el arco y estiró de éste, apuntando a Apolo mientras se concentraba en acertar en su objetivo.
- ¡No! ¡No lo hagas! ¡Para!- grité, sabiendo que no serviría de nada, pues Céfiro tenía sus metas muy claras.
En el mismo momento que Apolo lanzaba el disco, Céfiro le disparaba la flecha. Pero ésta no hirió al dios, sino que fue a parar al disco, que se desvió y golpeó a Jacinto, que también quería impresionar a Apolo preparándose para recibir el disco de una manera deportiva. Jacinto contempló el disco en el suelo, segundos después que le golpease. Las piernas empezaron a no responderle y de su cabeza brotó una sangre color carmín que llamó la atención de Apolo. El dios se abalanzó sobre su amante viendo que éste estaba a punto de desplomarse y lo refugió entre sus brazos, que poco a poco se llenaban de sangre proveniente del cráneo de Jacinto. El impacto del disco había sido tan brutal que el joven sentía como poco a poco su cuerpo dejaba de funcionar. Apolo, entre lágrimas, abrazó a Jacinto con toda la fuerza con la que se puede abrazar a una persona, roto de dolor y sintiéndose culpable por lanzar el disco. Pero su culpabilidad desapareció cuando vio una flecha en el suelo. Entonces lo entendió todo.
Jacinto murió tras mirar por última vez a los ojos al que había sido su compañero sentimental más fuerte. Apolo sintió como el rostro de su amante empezaba a volverse frío y oscuro respecto a la calidez y la viveza que había mantenido durante todo el día. Depositó el cuerpo en el suelo y se limpió las lágrimas, que no paraban de salir de sus ojos. Se dirigió a donde nos encontrábamos Céfiro y yo y me empujó brutalmente, tirándome al suelo y lanzándome una mirada de odio.
- Quise impedirlo…- dije con la voz entrecortada.
Apolo colocó su mano sobre el cuello de Céfiro, que se delataba a si mismo sujetando el arco. Céfiro, que todavía no podía creer lo que había hecho, reconoció que había sido él. Después de su conmoción, volvieron a brotar lágrimas por su rostro, esta vez de arrepentimiento. Céfiro había matado a la persona que amaba. Intentó liberarse del dios, que le aprisionaba el cuello con intención de acabar con él, pero lo agarraba demasiado fuerte.
- Es doloroso ver como lo más importante que tienes en la vida se desvanece en tus brazos, Céfiro. ¡Y tú has acabado con él! No tenías suficiente con perder esta guerra, sino que también querías marchitarle su vida. ¡Los pétalos de su juventud nunca lo harán! Y por eso…te condeno eternamente a renunciar al tacto, para que no puedas dañar a nadie más nunca.
Céfiro notó que la mano de Apolo se volvía cada vez más fría. Emitía una luz intensa proveniente del brazo. Poco a poco el cuerpo de Céfiro empezó a desintegrarse. Solo quedó de él la voz. Entonces entendí que el dios Apolo lo había convertido en viento, un elemento inofensivo que no dañaría jamás a ninguna otra criatura. Céfiro vociferó y cada vez que gritaba, una ráfaga de viento azotaba el jardín azul. Se depositó sobre el cuerpo de Jacinto, que yacía entre la oscura hierba de la pradera, iluminada por la Luna.
El dios Apolo utilizó el poder de su luz una vez más para mojar sus dedos en la sangre de Jacinto. El joven yacente también estaba empezando a cambiar de aspecto. Pero esta vez no se convirtió en algo inmaterial como Céfiro, sino en una bella flor morada que relucía bajo las estrellas. Apolo decidió llamar a esta preciosa flor Jacinto en honor a su amado, y derramó unas cuantas lágrimas sobre sus pétalos para que nadie la pudiera arrancar de allí ni dañarla.
- Mis lágrimas serán mi protección sobre ti. Tu luto estará tatuado en mi piel para toda la eternidad. Nadie podrá olvidarse de ti.
Entonces me cubrí de nuevo entre los arbustos, aprovechando la distracción de Apolo y seguí observando la escena antes de marcharme. El jacinto relucía en la noche y Apolo lo velaba. El viento de Céfiro se depositó sobre la flor, dotándola de su seguridad y protección. Y así fue como comprendí que Apolo convirtió a Céfiro en viento no solo para que no dañara a nadie, sino también para que protegiera al jacinto con su brisa, ya que el dios de la luz se había compadecido de él y comprendió su rabia por sentir amor por alguien que ya era amado.

Y así me marché al amanecer, contemplando por última vez el jacinto, que hasta ahora era la flor más bella que jamás he conocido. Decidí escribir esta historia con toda la belleza y la delicadez de la que se me dotó. De todas las historias de amor que he presenciado o he vivido, sin duda la de Apolo y Jacinto fue la más sincera y honesta de todos los tiempos. 

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